Ida camina lentamente, yendo y viniendo sobre sus mismos pasos, por la amplia estancia orientada al oeste. La cola de su vestido negro acaricia la alfombra que, una y otra vez, es maltratada por los finos tacones de sus zapatos. Sus manos, entrecruzadas, rascan en un movimiento involuntario el vestido a la altura del ombligo -La angustia habita en el vientre.

Los nueve generadores se ponen en marcha, y las luces de la ciudad empiezan a encenderse con timidez: casas, edificios y calles; la Plaza del General; la única escuela que aún se mantiene en pie, La Forma del Sagrado Corazón; las cientos de fábricas y las tres torres de mando; los dos puentes que dan salida a la ciudad, El Puente del Militar y el Puente Funere; el cementerio.

Con cada anochecer, llega la liberación de Ida. Desde hace tres años, desde que la ciudad fue declarada oficialmente como muerta por el Estado y el mismísimo General, Ida resurge en vida por los tejados de esta ciudad estancada y sombría.

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