Su cuerpo yacía en medio de la carretera. La vi moverse, parecían espasmos. No me atrevía a acercarme; no sabía cómo había ocurrido ni por qué había decidido arrollarla. Pero ahí estábamos: ella tendida, apagándose, sangrando, sufriendo; yo inmobilizada, asustada, y, de alguna manera, involucrada.

Sergio había dedicado meses de esfuerzo a iterar sobre su producto. No quería resultados aproximativos; quería ‘el producto’, aquél capaz de abarcar todas las cuestiones éticas que habían planteado Luís y Ángela: por algo habían invertido en ellos.

La pareja había sido hábil encontrando situaciones hipotéticas que el producto debía saber resolver; fueron tantas las que llegaron a plantear, y tan rebuscadas, que el equipo de ingenieros las había catalogado de ‘artificiosas’ y ‘poco probables’: <<Dadas las siguientes tesituras, ¿cómo debería actuarpara causar el menor daño posible?>> preguntaba Ángela al equipo, mirando uno a uno con fijeza para asegurarse su atención. Y a continuación, tras su señal, Luís iniciaba la retahíla de supuestas circunstancias que darían lugar a un conflicto ético: <<Supongamos como ocupantes a una familia con menores y, en la carretera, un adulto; imaginemos que el ocupante, en cambio, es alguien de la tercera edad y el potencial atropellado un menor. Pero sigamos: ¿qué debería hacer si el viajante fuese un científico y el obstáculo a evitar fuese alguien enfermo que necesita ser socorrido?>>.

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