Era el ocaso y en el horizonte vislumbré su negra silueta. No pasó un instante desde que vi su figura lejana, y ya, en ese mismo momento, se encontraba ante mí. Ningún ser he visto jamás que fuese tan veloz. Digamos que viajaba en el espacio a la velocidad de la luz, sólo que no viajaba; es decir, no se trasladaba de un lugar a otro, sino que era ya siempre él mismo en todas partes y a todas horas, y modificaba su apariencia sólo para adaptarse a nuestros parámetros gnoseológicos -No espero de ti que me creas, pero harías bien en hacerlo.

Y yo era yo-ahí-arrojado-a-la-vida sin entender nada y sin hacer nada por entenderlo. No había tiempo; era yo y él y el momento del presente -sólo ahora, me desgarro de lo vivido para reflexionar sobre lo ocurrido. Y, mientras tanto, experimento el recuerdo como un ahora y mi cuerpo aún tiembla de emoción y de temor.

Y así me dijo:

– Tu existencia es el ocaso. Las flores de verano se marchitan y la estrella del crepúsculo ya no brilla.

[…]

 

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