El azul plomizo era el color de mi derrota. También había algún toque burdeos, como el de las cortinas sucias de este burdel. De vez en cuando, para sentirme un poco más digna y limpia, añadía algún blanco a mi ropa y, si ese día coincidía que veía una nube blanca en el cielo, me decía a mí misma que eso era un signo de esperanza. Pero el blanco se torna gris con demasiada facilidad, y mis momentos de gloria y felicidad imaginada se disipaban como el gas de las cervezas de El Cisne Rojo.

Mi derrota azul plomizo empezó el día en que me hice mayor. El rojo penetrante fue mi desgracia: me llegó a los 14 años. Ese día Amparo me dijo que ya podía empezar a ganarme un sueldo, y me colocó tras la barra. Esa misma barra marrón, desgastada, pegajosa y triste en la que me he ido muriendo poco a poco, día tras día, como las moscas que se ahogan borrachas de alcohol, o asfixiadas por la falta de oxígeno de este antro.

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