El azul plomizo era el color de mi derrota. También había algún toque burdeos, como el de las cortinas sucias de este burdel. De vez en cuando, para sentirme un poco más digna y limpia, añadía algún blanco a mi ropa y, si ese día coincidía que veía una nube blanca en el cielo, me decía a mí misma que eso era un signo de esperanza. Pero el blanco se torna gris con demasiada facilidad, y mis momentos de gloria y felicidad imaginada se disipaban como el gas de las cervezas de El Cisne Rojo.

Seguir leyendo