Era el ocaso y en el horizonte vislumbré su negra silueta. No pasó un instante desde que vi su figura lejana, y ya, en ese mismo momento, se encontraba ante mí. Ningún ser he visto jamás que fuese tan veloz. Digamos que viajaba en el espacio a la velocidad de la luz, sólo que no viajaba; es decir, no se trasladaba de un lugar a otro, sino que era ya siempre él mismo en todas partes y a todas horas, y modificaba su apariencia sólo para adaptarse a nuestros parámetros gnoseológicos -No espero de ti que me creas, pero harías bien en hacerlo.

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